Aunque conozcamos la Biblia siempre queda mucho por descubrir

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

La Biblia es un tesoro inagotable que está a nuestro alcance en el camino de la vida cristiana. Entre más la leemos y estamos habituados a la meditación de la palabra de Dios nunca la agotamos. Aunque hayamos sido formados en las Sagradas Escrituras queda mucho por descubrir, ya que siempre nos sorprende y resulta novedosa porque es una palabra que se actualiza y está viva.

Uno puede saber muchos datos de la Biblia y estar en contexto respecto de los textos que meditamos, pero no importa que uno se sepa hasta de memoria algunos pasajes de la Escritura porque, como es una palabra que se actualiza y está viva, trae en cada momento un sabor novedoso a nuestra vida.

Por eso, al abrir la Biblia tenemos que estar siempre a la expectativa y no acomodarnos ni limitarnos con lo que sabemos o hemos aprendido, para dejar sorprendernos por el Señor que siempre se revela y tiene algo nuevo que compartirnos.

Hace falta agradecer a Dios por el regalo de su palabra y por el conocimiento que hemos adquirido de ella, pero tenemos que saber aguardar que Dios siga mostrando la riqueza de su palabra, y reconocer lo que todavía ignoramos de la misma.

Decía Fray Nelson: “Es grande tener conocimientos, pero ello es poco si uno no sabe cuánto ignora. La verdadera sabiduría empieza en aquella frase de profunda humildad de San Agustín: “¡Ay de mí, que ni siquiera sé cuánto ignoro!” Aquel que se hace una idea de su propia ignorancia nunca será tan maestro que se le olvide ser discípulo”.

Asumiendo, por tanto, la actitud del discípulo que es consciente de todo lo que ha recibido, pero que, al mismo tiempo, reconoce con emoción lo que aguarda a ser revelado porque tiene hambre de Dios, tenemos que acercarnos a la palabra con la humildad del que necesita ser alumbrado en el camino de la vida cristiana.

Dentro del conocimiento que tenemos de la palabra de Dios sabemos dónde encontrarnos con textos llenos de luz y contenido, con textos que apasionan por la forma como la palabra llega a lo más profundo del corazón.

Por eso, a veces pasamos por alto o no reparamos en las sorpresas que nos puede ofrecer libros que en su estructura general tienen otro cometido.

Eso puede pasarnos con el segundo libro de los reyes. Delante de las cuestiones históricas que nos va presentando no esperamos encontrarnos con una lección sorprendente para saber reaccionar ante las amenazas y dificultades. La lección consiste en saber sustraerse de las amenazas y de la dureza de la realidad. Eso encontramos en la actitud del rey Ezequías (2Re 19).
En esos tiempos, simplemente evocar la palabra Asiria era para temblar e infundir miedo, pues Asiria representaba el principal poder de aquellos tiempos. El reino del norte de Israel ya había caído en manos del ejército asirio y en esta ocasión el rey de Asiria manda una carta al rey Ezequías, un ultimátum para que se rinda y no oponga resistencia.
Bastaba la carta, la intimidación y la cercanía del ejército más poderoso que había sometido a otras naciones, para que Ezequías se doblegara. Sin embargo, Ezequías es una persona que sabe sustraerse del peligro y del miedo que provoca esta amenaza, sabe sustraerse incluso de esa fama de poderío del ejército asirio para recargar su angustia con el Señor, para presentarle a Dios su preocupación y para que una amenaza como esta se convirtiera en un motivo para buscar a Dios en la oración.
Es muy elocuente el gesto de este rey que toma la carta y se la presenta a Dios: aquí está la carta, aquí está la amenaza, esto es lo que le espera a tu pueblo. Y comienza un diálogo, un encuentro íntimo con el Señor que le devuelve la paz y la confianza, y que se va transformando en la convicción de que Dios nunca ha abandonado a su pueblo en los momentos más críticos de su historia.
Se trata, por tanto, de una lección escondida en uno de los libros del Antiguo Testamento; de una lección que no imaginamos encontrar en estos textos, a pesar del nivel de conocimiento que tengamos de las Sagradas Escrituras. Una lección necesaria para nuestros tiempos a fin de que no sucumbamos a los nervios, al miedo y a las tensiones que generan muchos acontecimientos que enfrentamos todos los días.
La convicción que nos quiere transmitir la palabra es que hasta en los momentos más delicados y tensos de la vida un cristiano debe aprender a sustraerse de la realidad que enfrenta para compartir todo con el Señor. Que hasta las situaciones donde se acaban las posibilidades humanas de salir adelante debemos presentarlas al Señor.
Hay momentos en los que lo único que podemos compartir al Señor en la oración son esos nervios, ese miedo, esas tensiones y esa cobardía que provoca la realidad. Puede ser que en distintos momentos de la vida no tengamos otros temas para hablar con el Señor, pero como lo demuestra el caso de este rey, la oración sabemos que es hablar de la realidad, abrir el corazón para que presentando nuestra verdadera necesidad volvamos a experimentar esa forma tan delicada que Dios tiene de mirarnos y de responder a nuestras súplicas.

Eso mismo le aprendimos a Jesús que en el momento de la crisis, del conflicto y prácticamente todos los días sabía sustraerse de la realidad para poner en las manos de Dios los nervios, los miedos, las dificultades y tensiones. No importa que tengamos delante de nosotros un enemigo formidable, una situación que humanamente sobrepasa nuestras fuerzas, porque en la oración reconocemos que no hay nadie más grande y misericordioso como el Señor.

Que una palabra como ésta nos lance al encuentro del Señor en la oración cuando tengamos que compartir con Él las realidades críticas y angustiantes de la vida, para que en medio de esas situaciones experimentemos su cercanía y reafirmemos nuestra confianza en Dios.

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