Hay cristianos que aman la cruz de Cristo, pero odian su propia cruz

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Cómo quisiéramos que al primer acercamiento con Jesús recibiéramos la luz y obtuviéramos todas las respuestas a las preguntas de la vida. Cómo quisiéramos que en la vida espiritual hubiera ese tipo de resultados automáticos que hay en la vida moderna. A veces nuestro espíritu se precipita y quiere obtener respuestas inmediatas a cosas que nos pasan, que nos pesan, que nos duelen y que causan tanta inquietud.

Sin embargo, debemos aprender a llevar un proceso en las cosas de la fe, aceptando que no se entiende de manera inmediata el misterio de Dios, sino en la medida que uno camina con Él, en la medida que somos incondicionales en el seguimiento.

Si los apóstoles son para nosotros un paradigma es porque al final llegaron a ser incondicionales en el seguimiento de Jesús, pero también son un referente para nosotros porque antes de esa entrega cometieron errores y se dieron cuenta que, aunque estaban cerca de Jesús, tenían que seguir caminando con Él para que poco a poco se desvelara todo el misterio de su persona ante sus ojos.

Por lo tanto, hay que fijarse en los apóstoles no solo por la estatura espiritual que alcanzaron, sino también por esta realidad de errores y caídas que los evangelios no ocultan. Incluso cuando Pedro responde que Jesús es el Mesías, inmediatamente después fue sacudido con palabras durísimas de parte del Señor, al no aceptar el mesianismo, la cruz y el camino de Jesús.

Al principio los apóstoles se quedaron con la parte bonita, amable y fascinante de Jesús. Lo habían visto, hasta ese momento, como un hombre sensacional, que impactaba la vida de los demás; como una persona sumamente bondadosa y caritativa a quien le dolía tanto la pobreza de las personas, que no se quedaba indiferente ante el sufrimiento de los demás. Lo habían visto como una persona exquisitamente humana, preocupada de las llagas e injusticias que provocaban tanto dolor en la vida de las personas.
Así lo habían visto y por eso les impactaba que ese Jesús tuviera la capacidad de hacer milagros, de enjugar las lágrimas de los demás, de consolar a tanta gente que sufría por las injusticias. Se quedaron con esa imagen de Jesús, pero todavía no habían visto todo.

La respuesta de Pedro le permite al Señor hablar de una parte que no habían visto de su persona y que es fundamental para que estemos en condiciones de seguirlo, aunque nos toque ver una parte que cuesta trabajo aceptar. Es fácil seguir a un Cristo alegre, que hace milagros, que resuelve la vida, que transmite el encanto de vivir. Eso está al alcance de todos. Pero seguir a un Cristo sufriente, injuriado, atacado, perseguido y que acepta la muerte como una forma de rescatarnos del poder del pecado, eso ya no es tan fácil.

Por eso, muchos se echaron para atrás cuando Cristo les dijo que ahora el camino consistía en recorrer esas experiencias dolorosas y difíciles, pero necesarias para llevar a cabo la obra de Dios. Algunos se echaron para atrás y ya no lo seguían tan convencidos y contentos; no les gustaba ese otro Cristo que daba a conocer con sus palabras.

Después de la respuesta de Pedro comienza Jesús hablar del sufrimiento, de la cruz, de renegar de uno mismo, de perseverar y permanecer firmes a pesar de las adversidades. Reconocerlo como Mesías, como nuestro Salvador, no significa adorarlo únicamente porque nos dio la salud y la capacidad de perdonar, sino aceptar este camino de sufrimiento, aceptar la cruz de cada día, esa cruz que antes que llegue a nuestra vida Jesús ya la cargó por cada uno de nosotros.

Cuando aceptamos a este Cristo alegre y sufriente, cuando seguimos a este Cristo que bendice y que nos va preparando para que se ensanche nuestro corazón a la hora de la respuesta, entonces estaremos en condiciones de comprender lo que significa que Cristo sea para nosotros el Mesías, nuestro Salvador, siempre sobre la base de este proceso que tenemos que seguir.

Si algún día en el seguimiento de Cristo van ustedes entrando en esta parte difícil, no se echen para atrás; si algún día en el seguimiento de Cristo, por ser fieles y por vivir los valores del evangelio, comienzan a tener dificultades y persecuciones confíen en la presencia de Jesús que irá mostrando poco a poco su rostro. Hay que tener paciencia, estamos en un proceso, la imagen de Jesús se irá desvelando poco a poco.

Nos toca perseverar, no claudicar, aunque haya dificultades, incomprensiones, afrentas y persecuciones, porque Jesús adelantó esas cosas, nos habló de esto, y Él señaló, por lo tanto, el camino para llegar a seguir sus pasos.

En el seguimiento de Jesucristo no solo den gracias por los milagros que les haya hecho o por las bendiciones que ha derramado en sus vidas. Hay que seguirlo de manera incondicional, sobre todo cuando nos toque cargar la cruz de cada día.

Si reconocemos, adoramos y glorificamos la cruz de Cristo, debemos, por lo tanto, reconocer, aceptar y cargar nuestra propia cruz con la que nos identificamos a Jesús. Si adoramos la cruz de Cristo, no podemos despreciar y tirar nuestra propia cruz. Como dice Dietrich Bonhoeffer.

“Hay muchos cristianos que piensan que aman la cruz de Cristo, pero que odian la cruz de su propia vida. Por lo tanto, también odian la de Cristo”.

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