A un año de la despenalización del abortoha aumentado la violencia en Veracruz

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Los alarmantes niveles de violencia, pobreza y descomposición social, en México y en Veracruz se estrellan contra una generación que se funda en la autonomía y el progreso que se han alcanzado como sociedad.

Descalifican, a su vez, a una administración que contando con todo el apoyo popular se ha visto alcanzada por el autoritarismo, la ineficiencia y la corrupción -lacras del pasado reciente- que prometió erradicar. Ha pasado el tiempo suficiente de escrutinio quedando a la vista de todos cómo los problemas se han agudizado y tienen el potencial de salirse de control. No solo no están funcionando las estrategias, sino que estos hechos confirman que los vicios del pasado siguen generando inestabilidad y descomposición social.

Distintos sectores de la sociedad se han pronunciado para pedir una revisión a fondo y una rectificación respecto de las políticas de seguridad que no sólo no funcionan, sino que dejan en la total indefensión y abandonan a su suerte a los pueblos que han sido prácticamente sometidos por las asociaciones criminales. En materia de seguridad se pueden destacar las aportaciones de la sociedad civil que, de buena fe y padeciendo en carne propia la inseguridad y las amenazas de todos los días, ha venido presentando para rescatar a México, para detener la espiral de violencia y para generar un clima de paz. Sumándose a esta preocupación y a estas reflexiones la Iglesia va haciendo lo propio, con la esperanza de contribuir al restablecimiento de la paz en México.

No es una reflexión que apenas esté generando precisamente en este gobierno, ni es un tema que recientemente esté abordando, sino que se trata de una preocupación permanente de la Iglesia en México que no sólo se ha pronunciado sobre estos temas alarmantes, sino que ha generado una reflexión profunda y sistemática, como consta en los documentos que se han publicados desde hace muchos años.

Retomando la milenaria tradición de pensamiento y el patrimonio teológico de la comunidad cristiana quisiera destacar algunos puntos neurálgicos dentro de la reflexión urgente e impostergable que se viene impulsando para señalar, desde nuestra perspectiva, los aspectos que también tienen que ser considerados dentro del tratamiento integral e interdisciplinar de esta problemática.

Desde la perspectiva teológica quiero referirme a dos cosas concretas que incentivan la violencia y cuya vigencia hace imposible soñar con un país en paz. Me refiero tanto a las políticas y leyes anti vida y anti familia, como a los procedimientos políticos que pactan con el mal, cuando por medio de una votación a mano alzada resuelven -perversa o ingenuamente- que el mal se convierte en un bien.

Respecto del primer aspecto quisiera señalar que la imposición ideológica y las presiones extranjeras han descalificado, sin argumentos y contra las evidencias científicas, cualquier tipo de reflexión que señala la improcedencia y el peligro de las leyes y políticas anti vida y anti familia. Nunca será sincera, viable y eficaz la lucha contra la violencia si afectamos en su raíz a la familia, si se pasa por alto esta institución y si no se busca su consolidación dentro de este peligroso proceso de descomposición social en el que estamos entrando.

Este tipo de leyes y políticas potencian mecanismos de destrucción al permitir el asesinato de los niños en el vientre materno, al normalizar la violencia -ofreciéndola como una alternativa- y al pisotear los valores en los que se sostiene la vida, el matrimonio y la familia.

De hecho, en Veracruz, el día 20 de julio, se cumplirá un año de la despenalización del aborto. No se puede ocultar que durante todo este año han aumentado los índices de violencia en Veracruz, por lo que mientras las instituciones democráticas normalicen y presuman estos mecanismos de destrucción como logros de “civilización”, lamentablemente aumentará la violencia.

El padre Pio de Pietrelcina estaba convencido de la relación que hay entre el aborto y el aumento de la violencia, cuando decía: “Bastaría un día sin ningún aborto y Dios concedería la paz al mundo hasta el término de los días”.

El segundo factor es igualmente preocupante, ya que su vigencia perjudicará el esfuerzo sincero que se pueda hacer para restablecer la paz. No se puede pactar con el mal desconociendo los valores de la civilización, la la tradición ética de la sociedad y hasta el sentido común. No podemos hacer tratos con el mal porque el mal no tiene palabra de honor. Además de pecar de ingenuidad, estaríamos comprometiendo la posibilidad de impulsar la renovación moral de nuestro país.

Cada vez que se aprueba el aborto, la mariguana y las leyes en contra de la familia se está pactando con el mal y el mal -como los ríos que en el temporal recuperan su curso- se desbordará y no se podrá contener si hacemos arreglos ingenuos con él. Lo mismo está pasando con la imposición de programas educativos que renuncian a la ciencia para ideologizar y erotizar a los niños y a los jóvenes.

No hay condiciones para contener el mal si llegamos a pactar con él, pues la dinámica intrínseca del mal es la mentira, la violencia y la destrucción. Los pactos con el mal no tienen futuro y terminan colapsando y destruyendo a la sociedad y a las personas.

Por lo tanto, no se puede cambiar la moralidad de las cosas por decreto, por acuerdos de partido o por votación. No podemos decretar que a partir de ahora el mal es bueno, porque eso trae terribles consecuencias como se ha venido demostrando. Hacer bueno lo que intrínsecamente es malo no solo es perverso, sino que es actuar con suma ingenuidad frente al mal que no tiene palabra de honor y termina cobrándose la apertura que se le da, en nombre de la democracia.

El aborto nunca será una buena carta de presentación ni dará credibilidad a un gobierno que se presume honesto y diferente. En la lucha contra la violencia debemos considerar que:

“Hoy nadie puede mostrarse insensible ni indiferente ante la obligación imperiosa de defender al niño que está por nacer. Más allá del aspecto moral que nos prohíbe atentar contra toda vida humana, sobre todo la que es inocente e indefensa, la protección del embrión es la condición sine qua non para que la civilización salga de la barbarie y asegurar el futuro de nuestra humanidad” (Cardenal Robert Sarah).

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