Salvarse de la alegría

TRINCHERA DE IDEAS

CYNTHIA SÁNCHEZ

Escribió Mario Benedetti que hay que salvar la alegría de la rutina, de la miseria, del destino y también de la misma alegría; y es que a veces hay que salvarnos de nosotros mismos.

La dinámica diaria termina siendo las más de las veces una pesada rutina donde no hacemos si no sobrevivir a nuestras obligaciones, a la crisis económica, a las desigualdades del sistema; como si esa misma dinámica nos encendiera un botón de “piloto automático” y de pronto un día parece igual al otro, y llegamos de una semana a otra sin saber cómo la terminamos sorteando.

Parecemos cada vez más interconectados a través de diversas plataformas digitales, percepción que se acentúa con la pandemia, pero en esta interconexión el clima predominante no es la unidad ni el acompañamiento sino el utilitarismo del otro hasta la saciedad y la presión constante de demostrar que somos felices, en todo momento y que toda la gama de nuestras emociones caben en el like al que nos dan acceso las redes sociales.

Marx describió en El Capital que el sistema es experto en crear válvulas de escape para que la población desfogue sus frustraciones, rabia, tristeza, incertidumbre, todo aquello que lo agobia y que si se deja crecer puede hacer volar por los aires la pesada tapa de la olla exprés en la que vive y rebelarse contra las condiciones reales que lo tienen sumido en su miseria. Por ello el fundamental papel de esas válvulas.

Se crean enconos entre sectores de la sociedad, se dejan crecen problemas sociales, entre más violentos, mejor; entre más destructor, mejor. Si miramos con detenimiento nuestras válvulas de escape saltan a la vista: violencia familiar, feminicidios, alcoholismo, sectarismo por razones de homofobia o racismo, hipersexualización y mercantilización de nuestras relaciones interpersonales.

El mundo de lo digital pone ahora esa opción de descargarnos y enajenarnos a un toque de nuestros dedos sobre una luminosa pantalla que cargamos en todo momento con nosotros. Es lo primero que encendemos al despertar y la última luz que titila en nuestros ojos al dormir. Pretender ser felices y esforzarnos por demostrarlo es también una válvula de escape; tomar la selfie perfecta con el comentario perfecto. Nadie se escapa.

Todos alguna vez hemos caído en la tentación de subir ese contenido reluciente que nos hará recibir likes como quien se inyecta heroína para fugarse de su vacuidad.

Cuántas de nuestras acciones y decisiones diarias se toman de manera consciente; cuántas veces nos detenemos a pensar si cabemos en la lista de aspiraciones que nos han venido machacando desde pequeños, aspiraciones que van acorde con los patrones predominantes del sistema capitalista que solo busca perpetuarse y que poco o nada tienen que ver con ese amasijo de sueños y anhelos internos que vamos postergando.

Hay que salvarnos de la alegría superflua, de las metas impuestas, de los prejuicios heredados, de la intolerancia irracional, del creer que estamos por encima de lo que sucede, del miedo a ser distintos. Empezar a vernos, a conocernos, a aceptarnos, a defendernos.

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